IAN CURTIS/JOY DIVISION

Lucifer

Es bello Lucifer. Su esmeralda brilla a contrapelo y desata vendavales de opinión: ¿se trata realmente de un ángel?, ¿se trata realmente de un ángel caído?, ¿o es, más bien, un hermano referencial; un ser ontológicamente semejante al humano? Potente en las dicotomías que genera, tanto en las religiones establecidas como en las lecturas esotéricas de las mismas, se yergue, arquetípico y ávido, en su deseo: ser como los dioses, sorber y aprehender la totalidad (que, paradójicamente, al nombrarse, deja de ser aquello inefable que pregona). Su esmeralda refulge; es, justamente, su brillo el que deslumbra. Y ya se sabe: luz y sombra son, entitativamente, dos aspectos de la misma coordenada. Basta decidir hacia qué extremo habrá de dirigirse cada uno. Desde el post-romanticismo y, más precisamente, a partir del decadentismo inglés, la literatura se fue abriendo en corrientes que alentaron, no sólo la irrupción de lo feo (como en el barroco el anti-héroe, el pícaro de El lazarillo de Tormes; o la demarcación de lo grotesco en Gargantúa y Pantagruel) , sino su exaltación reverencial. Los poetas malditos (básicamente franceses: Rimbaud, Mallarmé, Baudelaire) y la rama que intensifica la vuelta a lo gótico (originada en la zona más hermosamente oscura del medioevo) son los corolarios de una tendencia que se asentará, luego, en algunos autores del existencialismo y del nihilismo del siglo XX. Y que encontrará su correlato más fervoroso en la corriente punk de dicho siglo y del XXI. “Oh Tú, Ángel sabio y bello, de alabanzas privado, / Dios que fue por la suerte adversa traicionado…”. Así comienzan Las letanías de Satán de Charles Baudelaire. “Tú, que el rincón conoces de tierras envidiosas/ donde ocultó el celoso Dios las piedras preciosas…” continúa. Una enorme, intensa reivindicación de todo cuanto es apartado y denigrado en nombre de las buenas costumbres y del “deber ser”. Por indigesto, por peligroso, por diferente. Como si ese costado de lo humano y, más aún, de lo sagrado no existiese; cuando, en realidad, todos experimentamos su reverbero en cada experiencia vital. Sólo se trata de decidir en dónde nos situamos.

Los cultores de “aquel lado” no son más que ávidos buscadores de algún referente que finalmente los acerque a una potencia suprema, ilimitada, subyacente y/o raigal. Más allá de dogmas, modas, convencionalismos; más allá de la finitud y decadencia biológicas. Rebeldes, transgresores, demonizan lo que, en realidad, es también fruto de la luz. “¿Vienes del hondo cielo o del abismo sales,/ Belleza? Tu mirar, infernal y divino,/ vierte confusamente beneficios y crímenes,/ por lo que se te puede comparar con el vino.” Baudelaire y su Himno a la belleza habilitan la idea de que lo supremo encandila, permea los ojos con su alucinado fulgor. Ícaro no pudo, y se quemó las alas. Buscadores aparentes de las sombras, o indagadores de la polaridad, los “malditos” no hacen más que iluminar el costado infernal de la naturaleza. Lucifer es bello; su esmeralda, irresistible. Hijos de las corrientes antes mencionadas, insertos en una sociedad “post-casi todo”, dejan un testimonio elocuente y visceralmente doloroso de su época. La sociedad de consumo nos consumió, y se llevó con ella el fragor de las grandes alturas. Emergentes de un mundo encajonado, dolorosamente vulgar, estereotipado (como la máquina de triturar niños en Another brick in the wall de Pink Floid) , autoritario, centrado en el poder de lo económico, hiper-racional y deshumanizado; y carentes, ellos, de cualquier arquetipo absoluto y portador de valores, se insertan en lo urbano (que no logrará tampoco satisfacer sus vértigos y exaltaciones), ejerciendo una genuina búsqueda, o actuando en sí mismos (y en sus cuerpos) la decadencia que denuncian. Parece no haber límite para la inmersión en los “paraísos artificiales” que proponía Baudelaire, o en las alucinaciones y el desarreglo de los sentidos de Rimbaud. El arte en general (visuales, literatura y música) amamanta esta gótica exaltación.

No escapa a ello Ian Curtis (Manchester, 1956/ 1980). Su corta vida lo atestigua; aunque no parece pertinente detenerse en sus experiencias, sino en el producto de las mismas. Ian Curtis/Joy Division y las reversiones de sus letras, que trabajaron Mariano Dupont, Andi Nachon, Walter Cassara, Violeta Percia y Roberto Echavarren es, en primer lugar, un bello objeto: austero, minimal, sencillamente estético, despojado. En él nada resalta más que la poesía de Curtis. Y eso es su mayor mérito. Todo se mantiene en segundo plano, salvo el autor a traducir y a considerar; a pesar de que la tentación podría haber derivado en exagerar los matices, ya sea de la tapa, de la contratapa, o de su interior. Diego Esteras y Ezequiel Fanego abren la edición con una presentación clara y orientadora, y cumplen (con creces) el objetivo: que “algo de esa completa fábrica de sonido que es Joy Division reaparezca en la escritura y pueda ser recibido en nuestra lengua”. Como en la tapa de “Unknown Pleasures” que mencionan (y que muestran en una pequeña ilustración), ellos también desproveen a esta edición de cualquier otra información tipográfica más que la indispensable. “Pero si sólo pudieras ver la belleza” dice simplemente la contratapa (que, además, explica con brevedad la intención de que el libro sea leído como la traducción de las letras al castellano, sostenida por la traducción de la experiencia de la música a la escritura poética). En ese sentido, se avanza en el corpus como si no fuera plural la voz de los traductores. Es probable que cada uno haya elegido sus poemas por empatía personal. Pero otro logro de la obra es su impresión de absoluta totalidad: se lee a Curtis de cabo a rabo. Simplemente como un libro subdivido en secuencias o capítulos.

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“Por aquí, pasen y vean.”, ofrece el primer poema, Exhibición de atrocidades; “Elogiemos la gloria de amados que se fueron/…Lloré como un niño, aunque estos años me hicieron viejo,/…Jugué junto a la puerta del fondo del jardín/…Sólo miro los árboles y las hojas caen.”, concluye el poema final Lo eterno. Entre ambos, el espacio polisémico refuerza la carga semántica de algunos tópicos recurrentes: la transitoriedad, lo efímero, la desesperanza; el genocidio de un planeta que no parece reparar en sus atrocidades; la impotencia de un observador que ve caer la arquitectura de dicho planeta y que nada puede hacer por sostenerlo, ya que ni siquiera sería posible acomodar la propia estructura. Casas y rostros se parecen. Se adolece, pues, de anonimato y de anomia. No hay intimidad, ni lazos afectivos que atenúen el exilio vertiginoso en esta tierra ( “ningún lugar donde quedarse, ningún lugar adonde ir”). Profetas que no lo son, verdugos que esperan, amigos que no se encuentran en este “paraje solitario”.

Trasmisión trae reminiscencias (en la propuesta, en el clima, en el efecto) del cuento El enorme aparato de radio (1954), de John Cheever. No se sincroniza amor al ritmo de ese show, y otra vez la experiencia se terceriza a través de algún medio de comunicación que, en lugar de cumplir su verdadero cometido, dificulta el intercambio; lo hace extraño y externo. Se baila sin ton ni son, casi carnavalescamente (entendiendo: máscara, bifrontalidad, desenfreno, bacanal), tal como observa Mijail Bajtín acerca de los sub-textos en la obra de Rabelais. Zoológico desplegado, instrumento que se inserta en el cuerpo y lastima, “que esta verdad pase”, “que este día no dure más y nunca”. Enloquecedora sucesión de “encendidos” y “apagados”, que podrían interpretarse como noches y días que devienen alucinados, o como cortocircuitos en la red interior (y exterior) del sujeto, o como puro mecanicismo a la hora de intentar algún acercamiento (propio y ajeno). Entre semejante bipolaridad, y algunos trasmisores ocultos que todo lo escuchan, sobresale Ella perdió el control (aparentemente una dramática anécdota en la vida de Curtis en referencia a una amiga que padecía epilepsia igual que él), como corolario dramático (dramático también como teatral) de la atmósfera. Otra vez bacanal extrema, cuerpo y mente atomizados. Muy interesante los encabalgamientos en los cortes de estrofa a estrofa, como si algunas palabras fueran a caer a un precipicio: “Y cómo o bien por qué…”/ “Paralizada y…”/ “Ella…”/ “otra vez ella…”.

Komakino dirige al lector al epicentro de la agonía. ¿Cómo aliviar este vendaval de sistemas programados, de auto-explosión en cadena a punto de comenzar? El conflicto interior se agrava con los problemas externos: “…las preguntas son apropiadas, pero las respuestas/ no coinciden con mi forma de ver las cosas.”, dice. En los cuentos infantiles, el medio era también francamente hostil para el patito feo, pero éste devenía en cisne y comprendía su origen y su identidad. Nada de esto ocurrirá aquí: en este espacio no ha de haber recupero ni integración. Sólo el malestar de sentirse “empujados al límite”,golpeando en la “más oscura cámara del infierno”. Padres intranquilos, sonido de hogares que se rompen: no habrá tampoco entonces castillo de cristal, ni beso que selle un final feliz. “Una colonia de Dios”, dice. ¿Colonia como colonización, como espacio a dominar/ser dominado?, ¿como grupo de viviendas semejantes o construidas con idea urbanística de conjunto?, ¿colonia como grupo o sumatoria de animales de la misma especie, conviviendo en un territorio limitado?, ¿o colonia como proliferación vegetativa, en general por gemación?, ¿de gérmenes? Todo cabe en la quebradura.

Con No recuerdo nada aparece un recurso también llamativo: el punto como grafía, seguido de minúsculas (esto se reitera en otros poemas: “violento.violento”, por ejemplo). Puntuación exótica, rebelde, diferente; pero también discurso disruptivo, sin límites internos o convencionalmente estipulados. Desorden sintetiza con angustiante claridad: “Tengo el espíritu/pero pierdo el sentimiento// La sensación,/ La emoción/ El sentimiento”. Un hombre se espera a sí mismo, en medio de su culpa y cargas excesivas. “Demasiada carga lleva el asno/ el asno/ la carga/ …// algo sustancial/ en el cuerpo se rompe”, dice la poeta argentina Isabel Krisch en su libro Apenas una línea, roja; y parece cantar a dos voces con Curtis. Cierra el capítulo Edad de hielo: igual que en la Divina Comedia, nada podrá sostenerse ni encontrará su lugar en el frío. Lucifer, bello pero estático, absolutamente pétreo, aguarda a Dante en el último círculo del infierno. Finalmente, Marcharon en línea aborda el tema de la guerra (¿o de los uniformados en una era glacial?). Con él, vuelve The Wall, de Floyd. ¿Veinticuatro horas o toda la eternidad para esta depredadora pesadilla? Algo tendrá que romperse antes de que el destino lo capture.

En medio de bellas, pero siempre perturbadoras o escalofriantes imágenes; con versos dispuestos en estrofas y, a veces, desplazados, pero con la elocuencia sencilla de lo que no tiene vuelta, la poesía de Joy Division magnetiza al lector en una zona neurálgica y desesperanzada. El libro se cierra con las versiones originales, la discografía del autor y un breve CV de cada uno de sus hábiles, eficientes traductores. “Yo soy el imperio al fin de la decadencia”, dijo Verlaine. “Debo encontrar otra terapia, este tratamiento tarda demasiado…”, dice Curtis. Lucifer es bello; su esmeralda resplandece en el hielo, todavía.

©Ana Guillot

El gran poeta maldito del rock

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Hay hombres que son apenas nombres, ítems de una lista, otra línea anónima en una guía telefónica cuyo destino inevitable es alimentar el fuego del asado un domingo a la mañana. Pero hay nombres que son hombres. Y más: son memoria, fantasmas que cubren todo con su sombra, música sinfín como el eco en una catedral a la izquierda del pecho. Entre tantos que encajan en ese detalle, hay uno que tal vez no tenga encima el aparato publicitario de otros, al menos no en la Argentina, pero cuya sola mención conjura la figura del poeta maldito en tiempos de rock. Ian Curtis es, además del cantante de Joy Division (banda mítica de la escena posterior al estallido y decadencia del punk en Inglaterra), una leyenda construida sobre el apotegma “vive rápido, muere joven”, que tantos héroes le ha dejado a la historia del arte.

Si Joy Division consiguió construir un sonido que fue un paso más allá de la escena punk en la que se formó, fue en parte por el influjo del universo oscuro que Curtis aportó a la banda y que tanta ascendencia tuvo en bandas contemporáneas y posteriores a la suya. Y no era para menos: Curtis es un exponente muy potente de su tiempo. Hijo de una familia de clase obrera de la ciudad de Manchester, el polo industrial por excelencia del Reino Unido, que en los años setenta se encontraba en una crisis profunda que regaba las calles de desempleo, Curtis fue parte de una sociedad devastada que sin embargo elegía a una Dama de Hierro para guiar los destinos del Reino. Casado a los 19 años y padre a los 22, en paralelo a sus sueños de poeta y roquero, Curtis trabajaba justamente en una oficina de desempleo, atendiendo a esos miserables que invadían su ciudad. Además de la miseria, en esas dependencias públicas descubrió la epilepsia, mientras atendía a una joven desempleada que sufrió un ataque violento frente a él. Poco después la enfermedad comenzó a manifestarse en el propio Curtis. Y aunque no necesitaba una excusa, el atormentado muchacho terminó de abrir la puerta de su propio espiral hacia un infierno de miedos y culpas.

Alcanza con buscar un video en vivo de Joy Division en YouTube, para entender por qué Curtis cautivaba a esos jóvenes desahuciados a los que ya no les quedaba ni la furia revulsiva del punk, que lentamente se iba apagando tras el traumático suicidio de Sid Vicious en un hotelucho de Nueva York. Alto, blanquísimo y de ojos cristalinos, bailando descontrolado, agitando sus huesos hasta casi confundir su danza con alguno de sus reiterados ataques epilépticos, que a veces también lo sorprendían en medio de un concierto, el joven Ian más que cantar recitaba cada canción con una voz tan profunda e hipnótica, como elegantemente desafinada. Atormentado por un matrimonio prematuro, una paternidad vivida con dolor, una enfermedad que gradualmente lo convertía en una marioneta viva pero sin titiritero, Ian Curtis dejó de tener esperanzas. La poesía que desbordan sus letras da fe de esa mirada del mundo como lugar lejano y ajeno.

El 18 de Mayo de 1980, después de ver una película de Werner Herzog y escuchar un disco de Iggy Pop, Ian Curtis eligió resolver él mismo sus diferencias con la vida. En una época en donde las estrellas de rock son recortes de papel glacé adheridas a un firmamento de cartulina (de donde indefectiblemente se caen, más temprano que tarde, porque el pegamento es cada vez de peor calidad), hablar de Ian Curtis es hablar de un pasado de fantasmas extraños y conmovedores. Fantasmas que tienen más carne que aquellos que viven sin notar que la nave va.

© Tiempo Argentino

Two football clubs separated by success, but a city united in pride

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The BBC made a tactical mistake, I think, in the presentation of its decision to move some of its operations to the North of England.

By insisting on geographical exactitude, it offered 1,500 staff the opportunity to move to Salford, a city rich in industrial heritage and the birthplace of such diverse characters as Albert Finney, Emmeline Pankhurst and John Cooper Clarke, but which, unfortunately, gives its name to the electronic tag worn by criminals: the “Salford Rolex”. Why on earth didn’t the BBC say it was moving to Manchester? After all, the boundaries between the two cities are pretty indistinct, and go largely unnoticed by locals. For those London types who get a nosebleed when they have to go north of Hampstead, Manchester just sounds a bit better, and if the Beeb had thought about it, they might have had less trouble persuading, say, the number four presenter on Breakfast to forsake her Victorian terrace in Wandsworth and exchange it for a magnificent detached house with a view of the Lancashire moors.

There’s a Cath Kidston in Manchester, you know. And Harvey Nicks. And the Hallé Orchestra. And trams. And Michelin-starred chefs. And great libraries, galleries and museums. And … And … Oh yes, and two of the current top four football teams in England. That’s right: two of the best football teams. For many years, it used to be just the one, but today, at Wembley Stadium, Manchesters United and City play an FA Cup semi-final that has a significance beyond what happens on the pitch. In football terms, it’s a clash of aristocratic pedigree and new money – City run on the petrodollars of an Abu Dhabi sheikh – but this is more than a contest between noisy neighbours that takes place 200 miles from home (because a match at Wembley generates more gate receipts). Above all, for those of us who were born in the city, it’s a day to celebrate being a Mancunian and to reflect on what it means to be a Mancunian.

First of all, let’s dispense with the popular idea, a legend among football folk, that United supporters don’t come from Manchester. (Typical joke: How many Man United fans does it take to change a light bulb? Two. One to change the bulb, and the other to drive from Cornwall.) The truth is that more people in Manchester support United than City. But whereas City’s following is drawn almost exclusively from the city itself, United have a widespread and multi-national fan base. So what makes you a sky blue or a red? It’s not a religious thing, like Celtic and Rangers, or even Liverpool and Everton, although United once had strong Catholic links. It’s partly geographical – there are areas that are staunchly for one club or the other – and it’s partly success-based; if you were born, for instance, since 1976, the last time City won a trophy, you might consider opting for the club more likely to have open-top bus parades.

It’s also a question of demographics: City’s supporters tend to come from the poorer areas of Manchester. Its fabulously appointed ground – built for the 2002 Commonwealth games – is in Beswick, a district which, according to its short Wikipedia entry, “has been known for its deprivation and poverty” and is thought to be the inspiration for the Chatsworth estate in the TV series Shameless. (In fact, in one episode of the programme, there’s a memorable scene when some of the leading characters sing an especially obscene anti-United song.) According to the most recent Fan Survey undertaken by the Premier League, which ranked clubs’ supporters by average salary, City were in 12th position, several places below United, and well under the league’s average.

Contrast that to the riches of the club itself, now under the ownership of Sheikh Mansour. He’s already lavished £300m on players, the main reason why, after decades of underachievement, City can now go toe-to-toe with United. Rivalry is as fierce now as at any time in history: United supporters unfurl a banner at every home game with a reminder of how long it is since their neighbours last claimed one of the game’s prizes. (It changes with the seasons, but it currently reads 35 years.)

Failure, often achieved from the most promising position, has lent a certain romance to supporting City. Its anthem, “Blue Moon”, has a pathos of its own, while the resigned humour of its long-suffering fans is well known. Red is the colour of thrusting achievement; sky blue is not, although it has a definite aesthetic appeal. In the film Control, the wonderful biopic of the life of Joy Division singer Ian Curtis, the lead character says he supports City simply because he loves the colour of the shirts. I may be more than a little biased here, but there is a coolness to supporting City that one hopes the vulgar excesses of Arab money won’t erode. Noel Gallagher supports City and Mick Hucknall supports United. Say no more.

So, this afternoon, whole swathes of London will echo to the nasal sound of thousands upon thousands of Mancunians. They’ll be loud, uncouth and probably unruly (they are football fans, after all) and you’ll see them doing the Gallagher swagger. They’ll be chippy, all right: most South-of-England-born people I know regard chippiness as the defining characteristic of Mancunians. And there’s no gainsaying that we’re resentful of the fact that we live in a nation unfairly defined by its capital city. We’re not unusual in being sensitive when people treat our heritage with casual disregard. But I believe Mancunians also have an innate self-confidence; after all, we’re from a city which has nothing to prove, to itself or to anyone else. Not for us the indulgent mawkishness of Liverpudlians, or the introspective, grudge-against-the-world attitude of some of the other great cities of the North.

As befits somewhere which was once the most important industrial centre in the world, Manchester looks outward, and has a spirit of invention and enterprise, epitomised most recently by the way it responded to what the IRA did to its commercial centre in 1996. The bomb blew a hole, literally, in the city’s economic infrastructure, but out of the destruction grew the opportunity to rebuild the whole area around Market Street, the main shopping thoroughfare, and to demolish the original Arndale Centre, one of the ugliest buildings in England.

Today, Manchester feels like a stylish European city, with modish shops, pavement cafés, striking public spaces, and a modern, environmentally sound transport system. When, in 2006, Labour became the first political party to take its annual conference to Manchester, the leader’s speech was preceded by a film, to a booming Oasis soundtrack, that showed the very best aspects of the city. There’s a tram, there’s some smart people enjoying a cappuccino, there’s the magnificent Gothic town hall, there’s the Royal Exchange Theatre, there’s a des res canalside development. It was designed to give the audience a lovely, warm feeling about the achievements of New Labour. And it’s true, one of the best things the Blair administration did was to help revive some of the great cities of Britain. As I watched the film, I felt tears well in my eyes. It wasn’t that I was moved by the realisation that governments can indeed improve the quality of life of its citizens. And it certainly wasn’t that I was feeling sentimental about Tony Blair, whose last conference appearance this was. No, it was something deeply unfashionable, which could only be called civic pride. I felt proud of my city, of its achievements, of its people, and this gave way to a profound sense of belonging. I haven’t lived there for many years, but it was at that point that I realised – and I possibly speak for many of those who will descend on London today – that I’m a Mancunian first, and an Englishman second.

© Simon Kelner & The Independent

Gillian Gilbert, de New Order: “No extraño a Peter Hook”

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Cuando Gillian Gilbert tomó la decisión de abandonar New Order en 2001, tras la grabación del álbum Get Ready, para dedicarse al cuidado de la hija que comparte con el baterista Stephen Morris (afectada por mielitis transversa), la banda lucía rejuvenecida musicalmente. “Estamos preparándonos para la nueva fase en nuestra vida musical, física y mentalmente”, decía, por entonces, el bajista Peter Hook, luego de que los íconos de Manchester volvieran al ruedo tras ocho años de silencio.

Hoy, una década después, la tecladista volvió a un grupo divorciado que, desde hace tiempo, alimenta las páginas más amarillas de los medios de rock con una disputa pública por sus bienes históricos. ¿Cómo se llegó a esto?

En noviembre de 2006, luego de que el cuarteto (sin Gilbert y con el guitarrista Phill Cunningham como reemplazo) tocara por primera en Argentina presentando su álbum Waiting For The Sirens’ Call, Hook deslizó a la prensa la posibilidad de que ese había sido el último show de la banda, algo que dio por hecho de manera unilateral meses más tarde. Desde entonces, tomó otras decisiones vinculadas al pasado sensible (y el futuro comercial) de sus ex compañeros, aparentemente, sin consultarlos. Adquirió los derechos de la marca The Haçienda (el emblemático club de Manchester, cuna de toda una escena musical, y salvado varias veces de la quiebra por el bolsillo de New Order); compró las oficinas de Factory Records (el ex sello del grupo) y las transformó en un boliche y, más recientemente, formó The Light, con los que anda reversionando canciones de Joy Division, incluso “apropiándose” de un tema inédito y sin terminar de Ian Curtis, “Pictures in My Mind”.

Los otros miembros no confirmaron ni negaron la disolución, siempre se mostraron críticos hacia el comportamiento de “Hooky”, y cuando el vocalista Bernard Sumner, Morris y Cunningham continuaron haciendo música bajo el nombre de Bad Lieutenant, http://badlieutenant.net/ pocos tuvieron verdadera fe de volver a ver a los creadores de “Blue Monday” juntos.

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Sin embargo, en septiembre de este año, el “resto” de New Order anunció su regreso, sin Hook y con la vuelta de Gilbert, para dar una gira en la que recorren gran parte de su discografía y la de Joy Division, y que los traerá al Estadio Obras el 1 de diciembre. La decisión despertó la lengua sin filtro del bajista, quien dijo estar determinado a “cagar a New Order de toda forma posible”, acusó a Sumner de ser “un idiota” y trató a sus ex compañeros de “pelotudos”. “Todos saben que New Order sin Peter Hook es como Queen sin Freddie Mercury o U2 sin The Edge”, disparó.

Sumner, por su parte, señaló: “Se dijeron y se hicieron demasiadas cosas. Vivimos toda nuestra vida como un grupo con principios e ideales y lo que Peter hace va en contra de todo lo que defendimos”.

Entre todo este conventillo, Gilbert suena alegre e inocente del otro lado del teléfono. Desde la felicidad de abandonar su forzado retiro de las tablas, sus risueñas respuestas quitan dramatismo a todo conflicto con su ex amigo. Y sus diez años de ausencia son la excusa perfecta para contestar cualquier interrogante sobre las peleas entre sus colegas con un diplomático y conveniente “no sé”.

¿Fue duro estar afuera, ver que tu marido se iba de gira y tus compañeros de tanto tiempo hacían un disco sin vos?
Sí, fue desgarrador, realmente. Me sentí muy triste. Pero fue una decisión que tuve que tomar y fue la correcta. Es algo que cualquier madre o padre haría.

Considerando que es el único disco de New Order en el que no participas, me gustaría saber tu opinión sobre Waiting for the sirens’ call.

En realidad nunca escuché todo el disco. ¡Pero creo que el público dijo que es muy bueno, ja, ja, ja! En algún momento intenté volver a escuchar todos nuestros álbumes, pero una vez que los grabás, listo: te los olvidás y dejás todo el trauma que implica su realización.

¿Cómo fue volver al escenario y no ver a Peter Hook entre ustedes por primera vez en 30 años?
Hace mucho que no estaba con él, porque no estuve en la banda. Pero fue muy raro al principio, cuando ensayábamos las canciones. Odiaría pensar que él no está feliz.

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¿Lo extrañás?
No, la verdad que no, ja, ja, ja. Igual, estoy segura de que él tampoco me extraña a mí, ja, ja, ja.

¿Qué fue lo que produjo la separación?

¡Es que no podían estar juntos sin mí, ja, ja, ja! Como yo no estaba, de verdad no sé qué pasó. Pero debe haber sido bastante triste. Empezaron a ver problemas durante las sesiones de Sirens. Después, decidieron separarse y nunca dijeron ni una palabra. Ellos mencionan el quiebre como un hecho sin decir nada más, así que no sé.

¿Cómo tomaron la decisión de Hook de montar un club en las oficinas de Factory?
Es un poco raro, sí. Hacer eso, después de tantos años juntos. No sé qué pensar.

¿Leíste su libro sobre The Haçienda?
No, no lo leí.

Se ha escrito y dicho mucho sobre ese lugar. ¿Qué es lo más loco que recordás de allí? Uy. muchas cosas. Lo más raro fueron las discusiones sobre si tenía que haber pastel de pollo o churrasco en el menú. Era muy raro estar en un lugar así hablando sobre la comida.

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Hook tuvo palabras muy duras hacia ustedes, pero en una reciente entrevista dijo no sentirse orgulloso con la forma en que se separó y que deseaba hacer las paces. ¿Hay posibilidad de una reconciliación?

En mi opinión, no. Pero nunca se sabe. No sabés qué te espera a la vuelta de la esquina. Los años pasan y te olvidás de las cosas que dijiste. Pero no veo que eso vaya a pasar pronto. Nada de esto fue planeado: él simplemente se fue a hacer lo que quería sin preguntarle a nadie.

¿Hay chance de un nuevo disco de estudio de New Order?

No lo sé. No hay nada planeado hasta el momento y, realmente, no podemos hablar del futuro porque no sabemos qué va a pasar. Solo queremos ver cómo se dan las cosas hasta Navidad. No me quiero comprometer a hacer un álbum o un montón de shows porque mi familia está primero y lo único que deseo es que estemos felices y sanos.

¿Y de que ese disco sea con Hook?
Mmmm. No podría decirlo, la verdad, ja, ja. Puede pasar cualquier cosa, aunque no en el futuro cercano.

Pero si dependiera de vos, ¿volverías a trabajar con él?

No lo sé. A decir verdad, no en este momento. Pero, ¿quién sabe? El tiempo dirá.

© María Saladino & Rolling Stone

10 bandas fundamentales del postpunk

Se cumplen 40 años de la formación de Joy Division, la banda antecesora de New Order que trazó los lineamientos del género; los grupos fundamentales de un movimiento que aún suena en la oscuridad y que tiene a The Cure como su exponente más popular

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Hace 40 años surgía Joy Division, banda considerada “de culto” por legiones de músicos, periodistas y fanáticos en todo el mundo. Su vida fue fugaz pero intensa y sirvió para echar a rodar el postpunk, al fin de cuentas movimiento más revolucionario y decisivo que el punk. Pero mejor repasemos sus nombres fundamentales.

Joy Division

Originalmente bautizado como Warsaw, el grupo surgió en 1976 en la ciudad inglesa de Salford, en la zona conocida como Gran Manchester, pero pronto cambió su denominación por Joy Division. Influenciado primeramente por la energía del punk imperante de la época, pero también por David Bowie, el cuarteto conformado por Ian Curtis (voz), Bernard Sumner (guitarra y teclados), Peter Hook (bajo) y Stephen Morris (batería) fue puliendo su sonido y, gracias al aporte del productor Martin Hannett, derivó en un estilo monolítico, maquinal, claustrofóbico y oscuro que se completaba con los textos dolidos, desesperados y plenos de angustia existencial y obsesión por la muerte salidos de la pluma de Curtis.

A través del sello independiente Factory Records, en 1979 lanzó Unkown Pleasures, su álbum debut, que recibió favorables críticas por parte de la prensa británica y cimentó su status de banda insignia del llamado postpunk, donde a la rabia primitiva y limitada del punk ahora se le sumaban emociones más complejas y una conciencia de la dificultad de vivir en el mundo que lo rodeaba. A medida que el éxito de la banda crecía, también aumentaban la depresión y los problemas personales del vocalista, entre ellos la ruptura de su matrimonio y su epilepsia. En vísperas de su primera gira por Estados Unidos y mientras se esperaba la salida de Closer, su segundo disco, en mayo de 1980 un abrumado Ian Curtis tomó la decisión de suicidarse en la cocina de su casa. Poco tiempo después Closer vio la luz y el tema “Love Will Tear Us Apart” se ubicó en los primeros puestos de los rankings británicos. Tras la muerte del cantante, el resto de los miembros del grupo volvería al ruedo como New Order.

Public Image Ltd

Una vez disueltos los Sex Pistols, en 1978, su polémico cantante archivó su seudónimo de Johnny Rotten, retomó su John Lydon original, y junto al personal guitarrista Keith Levene (ex The Clash) dio vida a Public Image Ltd, una de las agrupaciones más innovadoras e influyentes del postpunk en la que mixturó punk, reggae y world music con ciertos coqueteos con la música disco. De la mano de la muy buena recepción de sus dos primeros álbumes, First Issue (1978) y fundamentalmente Metal Box (1979), PiL (como también se conoce al grupo) cimentó una trayectoria musical siempre fluctuante e incluso un tanto desconcertante por sus bruscos cambios de rumbo. Con una constante rotación en su formación, la banda se separó en 1992 pero Lydon reflotó el proyecto en 2009 con nuevos compañeros de ruta, una gira y un álbum de estudio titulado This is PiL (2012).

Wire

Colin Newman (voz), Graham Lewis (bajo y coros), Bruce Gilbert (guitarra) y Robert Gotobed (batería) formaron Wire en Londres en 1976. Si bien los Sex Pistols y otros grupos punks estaban entre sus influencias, la banda sentía una particular atracción por artistas de la talla de The Velvet Underground, Brian Eno, David Bowie y las bandas alemanas de kraut-rock. Pink Flag, su ópera prima aparecida en 1977, no fue un gran suceso en ventas. Sin embargo, con el paso de los años se transformó en objeto de culto para los fanáticos del postpunk por su temática oscura, altamente política y una atmósfera sonora que lo emparentaba con Joy Division. Lejos de querer repetir una fórmula, el cuarteto extendió sus horizontes musicales en el atractivo Chairs Missing, su segundo álbum de 1978, gracias a la amplia y notoria utilización de sintetizadores y demás teclados, característica que lo llevaría por novedosas direcciones creativas en sus posteriores trabajos. Tras despedirse en 1980, tuvieron dos dignos regresos, uno entre 1985 y 1992 y otro que se inició en 1999 y llega hasta nuestros días con gran cantidad de conciertos, nuevos trabajos discográficos y su inalterable perfil bajo.

Pere Ubu

Tomando su nombre del personaje principal de la obra francesa Ubú Rey, de Alfred Jarry, Pere Ubu es el proyecto liderado por el vocalista David Thomas que surgió en Cleveland, Ohio, en 1975. Aclamada por la crítica y de suma influencia en infinidad de músicos, la banda es reconocida por su carácter altamente experimental al que dieron en llamar “avant garage”, lejos de poses vanguardistas. Sus dos primeros álbumes, The Modern Dance y Dub Housing, son una muestra de ello. Luego de separarse en 1982, el incansable señor Thomas retomó solo las riendas de esta aventura musical, en 1987.

Gang of Four

Otro de los nombres primordiales de la movida postpunk, Gang of Four, nació en la ciudad inglesa de Leeds y tuvo una intensa actividad entre 1977 y 1984. La importancia del grupo formado por Jon King (voz), Andy Gill (guitarra), Dave Allen (bajo) y Hugo Burnham (batería) reside en haber sido uno de los pioneros en fusionar la fuerza y la energía del punk con el pulso bailable del funk y el dub. La combinación explosiva de guitarras filosas, bajos flotantes y ritmos sincopados, sumada a una lírica de profunda crítica social y política, confluyeron en un nuevo estilo denominado “punk funk” y Entertainment! (1979), su fundacional álbum debut, fue la piedra basal de su rotundo éxito. Sus posteriores discos conservaron el germen de la pista de baile pero su música se fue suavizando, dejando de lado los componentes cercanos al punk y virando hacia el dance y el disco. Bandas actuales y reconocidas como Red Hot Chili Peppers, The Rapture, LCD Soundsystem e inclusive Franz Ferdinand le deben (y mucho) a los más que influyentes Gang of Four.

The Slits

Chicas de armas tomar, The Slits fue una de las primeras bandas femeninas en destacarse dentro del panorama del postpunk. Surgido en Londres en 1976, el cuarteto conformado por Ari Up (voz), Palmolive (batería), Viv Albertine (guitarra) y Tessa Pollitt (bajo) supo aunar un sonido crudo y rocoso, heredero del más puro punk rock, con la cadencia del reggae y el dub. Cut, su álbum debut editado en septiembre de 1979 por Island Records y producido por Dennis Bovell (quien pulió las aristas más filosas de su propuesta), tuvo una más que cálida recepción por parte de la prensa y el público. Salvajes, desprejuiciadas y adelantadas a su época, supieron también explotar su imagen, como lo demostraron en la portada de dicho disco donde aparecían semidesnudas, cubiertas de barro y con diminutos taparrabos. Se disolvieron en 1982, regresaron en 2005, editaron Trapped Animal en 2009 y su historia terminó un año más tarde: su cantante, Ari Up, murió en octubre de 2010.

The Fall

Aún en actividad, The Fall se formó en 1977 por obra del prolífico, batallador e inconformista cantante y compositor Mark E. Smith. Oriunda de Manchester, como Joy Division, es considerada una de las bandas señeras del postpunk. Ya en sus dos primeros álbumes, Live at the Witch Trials y Dragnet, ambos de 1979, dejó sentadas las bases de su propuesta enérgica, primitiva y bien alejada de cualquier atisbo melódico, más allá del uso de teclados. Con letras cargadas de cinismo, ironía y enojo al por mayor, The Fall también es considerado un grupo de culto y cuenta con una discografía sumamente extensa, tanto de registros en estudio como en vivo, más allá de los constantes cambios en su formación. Un ejemplo único de resistencia y perseverancia.

Bauhaus

Si algo caracterizó al postpunk, eso fue la asombrosa cantidad de corrientes disímiles que albergó bajo su amplio paraguas. Una de ellas fue el denominado rock gótico, cuyos paladines indiscutidos (aunque no los únicos) fueron los integrantes de Bauhaus. Formado en 1978 en la ciudad inglesa de Northampton, el grupo debe su nombre a la famosa escuela de diseño alemana creada durante la segunda década del siglo XX. y se caracterizó por la fusión de un gran número de influencias del punk y el glam rock, dando como resultado un estilo musical intenso, ralentado, misterioso, oscuro y por momentos melancólico.

Peter Murphy (voz), Daniel Ash (guitarra), Kevin Haskins (batería) y David J (bajo) captaron la atención del público y de la crítica ya con su primer tema, el impactante “Bela Lugosi’s Dead” lanzado en agosto de 1979. Un año después, con la aparición de su claustrofóbico primer álbum, In The Flat Field, se colocó al frente de la escena gótica y, tras varias canciones exitosas, logró consolidarse en su país natal y en Europa con el cover de “Ziggy Stardust”, de David Bowie, una de sus mayores influencias. Experimentando aún más en sus trabajos posteriores, surgieron problemas internos entre Murphy y el resto de la banda y Bauhaus se separó en 1983. Se produjo un regreso en 1998 y otro entre 2005 y 2008, aunque nunca pudieron alcanzar su impacto inicial, más allá del legado que dejaron en grupos futuros.

The Cure

Algunos años antes de su enorme éxito mundial de la mano de canciones de corte más pop que no cesaban de sonar en las radios, The Cure ya se había hecho de un nombre muy respetado dentro de la escena postpunk, de donde surgió en Crawley (Inglaterra), en 1976, y más precisamente del gótico. La trilogía conformada por los indispensables álbumes Seventeen Seconds (1980), Faith (1981) y Pornography (1982) marcó a fuego el período más oscuro del proyecto aún hoy liderado por Robert Smith, basado en temas introspectivos y existenciales y envueltos en un ropaje sonoro lúgubre y siniestro.

Enemigo de las categorizaciones y los encasillamientos, Smith y las múltiples formaciones de The Cure forjaron su propio estilo, con mayor o menor repercusión a lo largo de los años, pero demostrando siempre un espíritu inquieto que lo llevó a incursionar en las aguas del postpunk, el gótico, la new wave, el pop, la electrónica, el rock alternativo e influenciando de manera notable a los grupos de shoegaze.

Siouxsie & The Banshees

Formada en Inglaterra en 1976, Siouxsie and the Banshees es otra de las agrupaciones fundamentales del postpunk, siempre del lado del gótico. Dueño de un sonido oscuro, retorcido, de guitarras filosas y percusiones secas más la intimidante, perturbadora y gélida voz de la cantante Siouxsie Sioux relatando diversos y sugerentes estados de ánimo, el grupo sedujo tanto al público como a la crítica ya con su primer disco, The Scream (1978) y el tema “Hong Kong Garden”. Conservando siempre un aura densa y misteriosa, los Banshees fueron volcándose con el transcurso de los años hacia una veta más pop e inclusive bailable, lo que les permitió ubicarse en los primeros puestos de los charts con temas como “Cities in dust”, “Kiss Them For Me” y la difundida versión de “The Passenger”, de Iggy Pop. 1996 marcó el año de su disolución.

© Gabriel Hernando & La Nacion

New Order by Mat Osman

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A couple of years back we did a gig in Thessalonika and after the show, trying to sleep back in the hotel, the sound of a beach party further down the coast was keeping me awake. It was far enough away that all you could hear (or feel) were vague undifferentiated thumps. Until… that kick drum pattern – Blue Monday, as iconic a sound as a Hendrix guitar riff – followed by the sound of a far-off gang of drunken Greeks cheering. How many other tracks can you tell, instantly, from simply the five seconds of bass drum?

I was a latecomer to New Order (no older siblings, see?) and Blue Monday was my way in. From there I worked back (Temptation, Ceremony) and bought everything new they did. Technique is still my favourite – it’s the perfect mix of light and dark to me – but there are tracks on every album that I love. These ten tracks are just my favourite at the moment, tomorrow it could be completely different set.

In no particular order:

The Perfect Kiss
Fine Time
Temptation
Dreams Never End
Your Silent Face
Bizarre Love Triangle
Ruined in a Day
586
Elegia
Blue Monday

MAT OSMAN IS A FOUNDING MEMBER OF THE BAND SUEDE WHO RELEASE THEIR LATEST ALBUM ‘NIGHT THOUGHTS’ IN JANUARY 2016. MAT IS ALSO A PUBLISHED WRITER AND HAS CONTRIBUTED TO THE GUARDIAN, THE INDEPENDENT AND THE OBSERVER AS WELL AS THE LONDON EDITOR FOR LE COOL.

NEW ORDER BY IRVINE WELSH

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I hate writing about music. You either love a tune or a band or you don’t. The whole point of it is that you never really know why. So you talk a lot ofirrelevant personal nonsense, about how a group is so important to your own ‘timeline’ – as we’re now psychotically inclined to designate our lives.

So here goes.

Like a lot of New Order fans of my vintage, I came to the band through having been a Joy Division obsessive. For me, like most, it was a painless succession. The same talented people were still making great music, and like the band, I was also emerging from a doom-laden period (though there would be more to follow) in favour of something a little more upbeat.

It would be lazy to try and define such a successful group as New Order by the tragedies of Ian Curtis and Rob Gretton. It would also be extremely silly, especially given that the band’s personnel are all people who so evidently enjoy their lives. The loss of both would have been considerable however; with the death of Curtis, the band went from being a bunch of North West of England young bloods, having fun and making post-punk music, to growing up in public in the most dramatic and harrowing way.

To outsiders, the death of a famous youth often provokes both unfathomable tragedy and phantom romance, the latter part amplified by stardom’siconizing qualities. As you get older however, you see that the real horror of this is just how widespread the illness of depression is, and how devastating it can be. In Ian’s case, this was compounded by the terrifying onset of epilepsy. As a group, those young friends were suddenly forced to confront both existential and practical issues: What is this? What do we do? Do we carry on? Despite their youth, they all managed to do this with an incredible decorum and dignity.

New Order grew out of this desire to build on the Joy Division achievement, while producing a less bleak sound. Movement, the band’s first album, with itsiconic minimalist Factory records sleeve, was awaited with a kind of eager trepidation by fans of the original group. Shamefully, I recall dismissing it beforeI’d heard it –in the way of the arrogant young clown- just because a good friend had bought a copy of it first. If I’d allowed it to be great, I would have undermined the competitive relationship that inspired the Renton-Sick Boy friendship in Trainspotting. So I waited for Power, Corruption and Lies to appear,in order that I could announce to my mate that the band had ‘found their feet with this album’. It remains one of my favourite albums of all time.

So it was that New Order became one of the essential acts that have provided the soundtrack to my life. It’s hard to mark out a definitive New Order era; they’ve covered so much ground that I can’t think of them as an 80’s or 90’s band, or even of the twenty-first century. For very straightforward, personableindividuals, New Order collectively retains a strange mystique, with a prevailing sense of enigma resilient in their music. An upbeat track will always carry an ominous undercurrent, while a darker piece invariably comes bundled with a subversive joy.

A further complication lies in the strength of the album tracks. Though known as a big pop hits band to the masses, the purists will tell you that it’s easy to compose an alternative ‘best of…’ album from tracks that were never released as singles. Your Silent Face is probably my favourite New Order song; a quintessential dance/rock n roll fusion, it’s all at once hypnotic, melancholic, sinister and uplifting. Back when we were talking about the inclusion of songs for the Trainspotting movie soundtrack, everyone had their favourite artists, but the only consensus was that a New Order track was totally essential. There was, obviously, far less accord around exactly which tune that should be.

Thus the New Order sound is highly diverse, but still very markedly their own. It owes a lot to the clash of distinctive melodies and throbbing, angry bass lines. The most interesting thing about the band is how they often manage to eschew a lot of traditional pop structure. Many of their biggest tunes swerve the verse-chorus-verse orthodoxy, developing instead more like classical songs, such as Age of Consent and Run.

For aficionados like myself, Peter Hook’s departure from the band felt like a much-loved couple of friends going through a messy divorce. But just like that example, such an estrangement is generally unfathomable to everybody but the parties involved. Whatever has or will be publicly uttered on the matter, it’s a sad fact of life that people sometimes grow apart. Best to just leave it at that and celebrate the fact that there are now two acts out there for fans to enjoy.

New Order survived and thrived after this, principally because they are natural collaborators. The band members have always been excited to embrace a number of side projects and have thrived on working with different artists. I recall being at an impressive Bad Lieutenant gig in Dublin some years ago, and thus it was no surprise that Tom Chapman became a member of New Order. As individuals, they remain remarkably easy-going and laconic, brimming with a trademark sly Mancunian wit, and apparently unfazed by the trials that have come their way.

Now they have an amazing legacy, which they can augment with new material or curate through gigs, as they see fit. Going to a New Order show is like a zooming through a history of British cultural life of the last few decades, while marveling at just how many big hits and great songs they have knocked out over this time. I’ve danced, partied, wooed, lost, won, courted, got married to New Order, been taken under the wing of their ex-label boss, the incredible Tony Wilson, and become friends with the band.

But I really didn’t want to write all this, as it’s pretty much tangential to the real message, which is: I just absolutely fucking love New Order.

IRVINE WELSH AS A WRITER HAS PRODUCED FIFTEEN BOOKS, AS WELL AS PLAYS, FILM AND TV SCRIPTS. A NATIVE OF EDINBURGH, HE NOW LIVES MAINLY IN THE USA.

31st March 1983

Blue Monday by New Order is the biggest selling 12” single of all time. It was created using a hand-built Powertron Sequencer driving a Moog Source synthesiser, and an Oberheim DMX drum machine.

Clocking in at seven and half minutes, it’s one of the longest songs ever to grace the UK singles chart, where it peaked at No9 in 1983, and at No3 when re-released in 1988. The original artwork, designed for Factory Records by Peter Saville, was famously so expensive to produce that the label lost money on every sale.

Bernard Sumner has said of Blue Monday: “I don’t really see it as a song. I see it as a machine designed to make people dance.”

New Order performing Blue Monday live on Top of the Pops in 1983

How We Wrote ‘Blue Monday’

Blue monday

New Order released their first new album in a decade in 2015 – reason to celebrate indeed. However, ‘Blue Monday’, a track that 30 years on, remains as powerful as ever, will always be considered their defining anthem. In 2012, we asked the Bernard Sumner and since-departed bassist Peter Hook how they wrote the classic track, clearing up a few myths along the way…

What do you recall of the writing of ‘Blue Monday’?

Bernard Sumner: We wrote it in our horrible rehearsal room in Cheetham Hill, which had a graveyard piled up in the back of it. I always remember the tea tasting pretty weird because of the water in the kettle. I said to Steve one day, ‘I’m sure something from those graves is leaking through into the water pipes…’ I remember just being turned on by the latest technology that was becoming available. It was pre-computers, pre-MIDI, and I’d built this sequencer from an electronics kit. We programmed everything in step-time using binary code digital readouts. It was… complicated. We could drive a synthesiser through it, but we couldn’t hook it up to anything. Steve had bought a drum machine, but we couldn’t get the sequencer to talk to it. Through Martin Hannett [New Order producer], we’d gotten to know this scientist called Martin Usher, so I took the sequencer and drum machine to him, and he designed a circuit that could make them speak to each other. The day that we wrote it was the day that we brought the circuit in, hooked it all up and pressed ‘GO’ on the drum machine, then the synthesiser started chattering away, and somehow it all worked. Rob [Gretton, New Order manager] thought it was witchcraft. He really did! That sounds weird now in the age of the internet, but he really thought it worked by magic.

Peter Hook: I thought the songs we wrote around it were better. I thought ‘Temptation’ was a better song, especially live. I thought ‘Everything’s Gone Green’ was better. And I thought ‘Thieves Like Us’ was far, far superior. But ‘Blue Monday’ has a sonic impact that very, very few records have. It really was a gift, and it was quite ironic – and quite sad, really – that we stole it off a Donna Summer B-side. It is a weird song. It’s become one of Manchester’s greatest records. We were very lucky to write ‘Love Will Tear Us Apart’ as Joy Division, which was a staple Manchester record, and then ‘Blue Monday’ with New Order. We got one with each band, fantastic!

It’s a song that’s always spoken of with great reverence, but do you yourselves see it as a game-changer? And why do you think it still connects with people, 30 years on?

BS: I don’t really see it as a song. I see it more as a machine designed to make people dance. It comes on in a club and it sounds so powerful, like standing next to a ship’s engine. I was in a club in Berlin a few years ago where they were playing some really good, modern house music, then ‘Blue Monday’ came on and it just sounded great – even in a contemporary context, and up against modern production.

I think ‘Love Will Tear Us Apart’ connects with people because of the emotional content within the song, and I think ‘Blue Monday’ connects with people because of the startling lack of emotional content within the song. It’s kind of contradictory, really. I think the way that everything in it is synchronised, so it’s like all these different gear cogs meshing together, and each synthesiser part is like a different gear. It all comes together like clockwork. If I could properly explain it, I’d write another one! But that’s the beauty of music, there’s no method to it.

How different do you think the musical landscape would look today if you hadn’t recorded it?

PH: It’s a great compliment to be told that you’re one of the inspirations for dance music, but the truth is that we were borrowing from Kraftwerk. We were also inspired by people like Giorgio Moroder, Sparks, people like that. The whole point of inspiration is that you take something as a starting point, and then make it your own. We were very lucky to be able to do that with Joy Division and then New Order.

BS: We were at the vanguard with that song – stuff like that wasn’t being played on the radio or in clubs. There was electronic music, but not much electronic dance music. There were a few people playing music like that in clubs in New York and London, but it was played on real instruments. There wasn’t anything that was as pure and electronic. Suddenly this track came along that sounded different to everything else, so DJ’s started playing it. And it kept coming back into the charts. We actually never got any radio play off Blue Monday; it was a hit in spite of the radio. To be fair, it was only available on 12″, so they couldn’t play it on the radio and it wouldn’t have made sense on the radio, where you could only play a three-minute fragment. So it was through clubs that it became a hit, and then became a hit again, and again and again, as it travelled from country to country.

There’s that famous rumour that despite the vast numbers the single sold in, you ended up losing money on it because of Peter Saville’s sleeve design. Can you finally clear that up?


PH: No, it’s absolutely true. Factory sold it for £1, and it cost £1.10 to make because of the sleeve – which had to have three die-cuts, all individually – the cost price to make it actually cost more than that. One of Steve Morris’ best quotes was that it was the bits you didn’t get on ‘Blue Monday’ that cost all the money. And it was true. Tony ended up having those wonderful brass awards cut for us to celebrate 500,000 sales, when what we were actually celebrating was a loss of £50,000. That could only happen at Factory! They did rectify it later by having a normal sleeve, but that only came after a massive amount of copies had been sold. But that was the way Factory worked. Rob Gretton used to say that to us whenever we were moaning about the money that we’d put into the Hacienda or the money we lost on ‘Blue Monday’, “Fuckin’ hell, what you’ve got money can’t buy.” And he was absolutely right. Whenever I bump into somebody like Bono, or him out of Coldplay, you name ‘em, these multi-multi-millionaires, they don’t have an iota of what we’ve got – which is respect. We kept our credentials and never sold out.

BS: It sold loads and loads of copies but we didn’t get any awards for it; being on a small independent label, we weren’t members of the relevant societies. So when it hit 500,000, Tony made up a special Factory Records award, this big cogwheel that was almost like a hammer and sickle. I’ve still got it, actually. It weighs a ton.

© NME

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